La "guerra santa" en el Cristianismo y en el Islam
La llamada a la Cruzada de Urbano II en Clermont (1095):
¡Que vayan pues al combate contra los infieles --un combate que merece la pena emprender y que merece terminarse en una victoria-- los que se dedicaban a las guerras privadas y abusivas en perjuicio de los fieles!
¡Que sean en adelante caballeros de Cristo los que no eran más que bandidos. Que luchen ahora en buena ley contra los bárbaros los que combatían contra sus hermanos y parientes!
Estas son las recompensas eternas que van a conseguir los que se hacían mercenarios por un miserable salario: trabajarán por el doble honor aquellos que se fatigaban en detrimento de su cuerpo y de su alma. Estaban aquí tristes y pobres; estarán allá alegres y ricos. Aquí eran los enemigos del Señor; allá serán sus amigos.
F. DE CHARTRES, "Historia Hierosolymitana". Recoge A. Lozano y E. Mitre, "Análisis y comentarios de textos históricos", Madrid, 1979, p. 182.
La "guerra santa " en el Corán:
Combatid a vuestros enemigos en la guerra encendida por defensa de la religión; pero no ataquéis los primeros. Dios niega a los agresores.
Matad a vuestros enemigos donde quiera que los encontréis; arrojadlos de los lugares de donde ellos os arrojaron antes. El peligro de cambiar de religión es peor que el crimen. No combatáis a los enemigos cerca del templo de Haram a menos que ellos os provoquen. Más si os atacaran, bañaos en su sangre. Tal es la recompensa debida a los infieles.
Si ellos abandonan el error el Señor es indulgente y misericordioso.
Combatid a vuestros enemigos hasta que nada tengáis que temer de la tentación, hasta que el culto divino haya sido restablecido, que toda enemistad cese contra los que han abandonado los ídolos. Vuestro odios sólo deben encenderse contra los perversos.
Si os atacaran durante los meses sagrados y en los lugares santos, hacedles sufrir la pena del talión; violad las leyes que en sus códigos equivalgan a la que ellos os han violado. Temed al Señor; acordaos de que él está con aquellos que le temen (...)
Si te preguntan si han de combatir en los meses sagrados respóndeles: la guerra durante este tiempo os será penosa; pero separar los creyentes del camino recto, ser infieles a Dios, arrojar a sus servidores del templo sagrado, son crímenes horribles a los ojos del Altísimo. La idolatría es peor que el crimen. Los infieles no cesarán de perseguiros con las armas en la mano, hasta que os hayan arrebatado vuestra fe, si esto les es posible. Aquel de vosotros que abandone el islamismo y muera en su apostasía habrá anulado el mérito de sus obras en este mundo y en el otro. Las eternas llamas le quemarán eternamente.
Los creyentes que abandonaron su patria y combatieron por la fe pueden esperar la misericordia divina, Dios es indulgente y misericordioso.
EL CORAN, cap. 2, vers. 186-190 y 214-215.
Nos encontramos ante dos textos que giran alrededor de la misma temática, la guerra en defensa de la religión; el primero de ellos nos transmite una visión cristiana, el segundo la visión del Islam; si bien ambos credos hunden sus raíces en el judaísmo, las diferencias entre ambos se hacen notar desde el primer momento.
El texto titulado “La llamada a la Cruzada en el concilio de Clermont” reproduce las palabras del Papa Urbano II, en un tono más parecido a una arenga militar que a un texto de carácter religioso puesto que lo que pretende es exaltar el ánimo de quienes le escuchan
El segundo texto de carácter religioso normativo, “gestación de la guerra santa en el Corán”, está extraído directamente del libro sagrado (téngase en cuenta que según las creencias islámicas el libro reproduce literalmente las palabras de Allah reveladas a Mahoma por el arcángel Gabriel). En estos versículos no sólo se permite la guerra de los musulmanes contra el “infiel”, sino que además se induce a ella de un modo implícito (“los infieles no cesarán de perseguiros”), si bien es cierto que en las tierras conquistadas los musulmanes eran tolerantes con las otras religiones “del Libro” (si bien no debemos caer en idealizaciones de algunos historiadores).
La naturaleza de ambos textos es bien diferente.
El texto cristiano está dirigido a unos hombres determinados en un tiempo concreto, responde a una situación circunstancial y, al pretender estimular los ánimos de los oyentes – concretamente de los violentos caballeros cristianos del siglo XI que aún conservaban el carácter belicoso propio de los pueblos bárbaros - , emplea un lenguaje vehemente.
Por el contrario, el versículo coránico es atemporal, no está pensado para una situación concreta, sino que pretende hacer una “teoría de la guerra en defensa del Islam” que pueda ser aplicada en cualquier tiempo y lugar, de ahí que carezca del carácter apasionado del primero y parezca un texto mucho más meditado.
Las palabras de Urbano II pronunciadas en el concilio de Clermont en el año 1.095 podrían resumirse en dos ideas: llamamiento a los caballeros que hasta entonces tenían una actitud que el Papa reprocha para que encaucen sus fuerzas hacia la lucha contra los musulmanes que habían ocupado Tierra Santa y, por otra parte, se les promete a cambio no sólo la salvación de sus almas, sino también la posibilidad de mejorar su situación en la tierra que se pretende conquistar
El Corán no se limita a aprobar la guerra en defensa de la religión, sino que además introduce una serie de pautas que los musulmanes deben seguir en la lucha contra los que ataquen su fe:
.- se permite una guerra defensiva, pero no la guerra ofensiva (“Dios niega a los agresores”, dice el texto)
.- además se establece un lugar sagrado en donde no se debe luchar salvo que el enemigo lo profane (el haram), lo mismo sucede con el mes del Ramadán, en el que también se deben suspender las hostilidades
.- No se pone impedimento ni límite a la violencia contra el enemigo (“bañaos en su sangre” sin embargo no se permite una venganza una vez acabada la contienda y el enemigo haya renegado de su antigua religión que el Corán tacha de idolatría (que toda enemistad cese contra los que han abandonado los ídolos)
.- Se introduce una ley que ya aparece en la religión hebrea, la ley del Talión, aunque parece estar matizada por una expresión recogida poco antes “Si ellos abandonan su error el Señor es indulgente y misericordioso”, lo que parece ir encaminado a evitar represalias.
El texto aparece salpicado de advertencias contra la idolatría y abandono de la fe islámica al mismo tiempo que se promete una recompensa en el más allá a quienes obren de acuerdo con los preceptos de Mahoma.
Cabe destacar la expresión “los creyentes que combatieron por su patria y combatieron por su fe” ya que pone de relieve el carácter político que la predicación mahometana (recuérdese que la Umma o comunidad de creyentes tenía un carácter religioso, pero sobre todo político al intentar aglutinar a las distintas tribus árabes)
Posteriormente, en el siglo X, Ibn Abi Zayd al-Qayrawani en su “Risala”, tratado relativo al yihad nos informa de las reglas que la regulan.
La considera una obligación del Derecho Divino, se intentará llegar a una situación de convivencia antes entablar el combate (el enemigo debe optar entre convertirse al Islam o pagar la yiziya). Huir del enemigo es pecado siempre que este no doble al número de musulmanes y deberá combatírsele al margen de que el jefe musulmán sea bueno o malo. Por último pretende que no se mate a los que no participaron en la contienda
No es este el único texto que trata de la yihad, así encontramos también el tratado Damasceno sobre el Yihad de 1.105
Si bien el cristianismo inicial (basado en la predicación de Cristo recogida en el Nuevo Testamento) prohibía toda clase de violencia no se tardó mucho en alejarse del pacifismo radical del inicio. Por otra parte, en el Antiguo Testamento (que en el Cristianismo no pierde vigencia aunque tenga mucho más peso el Nuevo) no se ponía tampoco impedimentos a la guerra, concretamente a la que se suponía ordenada por Dios o “Guerras del Padre Eterno”
San Agustín elaborará la teoría de la guerra justa apara acomodar la doctrina cristiana a las necesidades de un imperio romano cristianizado; la guerra es ahora permitida siempre y cuando se ajuste a unas determinadas características (los fines deben de ser justos; debe ser pública o lo que es lo mismo, declarada por una autoridad legítima; y tener un carácter defensivo alejándose del odio, del pillaje y de la venganza).
Urbano II retomará esta teoría para canalizar la fuerza de los caballeros (ya no romanos, sino bárbaros) en la lucha contra los turcos selyúcidas que estaban en posesión de Jerusalén. Ahora la guerra ya no sólo es justa, sino que además toma el calificativo de Santa puesto que se realiza en nombre y defensa de la religión y, en definitiva, de la iglesia.
El enorme éxito del llamamiento no se debió sólo a motivos religiosos ya que muchos de los que participaron en las Cruzadas lo hacían movidos por razones mundanas, sobre todo de tipo socioeconómico (no eran pocos los que pretendían mejorar su prestigio, su situación económica e, incluso, no faltaron los que huían de la justicia no de enemigos).
Consecuencia de las Cruzadas será la expansión de los territorios dominados por la Europa Cristiana que logra anexionar zonas de Oriente Próximo (si bien es cierto que las tierras ahora conquistadas se perderán apenas doscientos años después). No será este el único frente abierto contra el Islam, los hispanocristianos (a los que se le unieron en alguna ocasión los francos) habían emprendido ya la Reconquista en el año 1010 que, si bien costará más siglos de enfrentamiento, obtendrá unos resultados más perdurables en el tiempo
En cuanto al texto coránico debemos retrotraernos al siglo VII, al momento de la predicación de Mahoma.
En el Islamismo la guerra Santa o Yihad es uno de los pilares doctrinales fundamentales, no encontramos, pues, la necesidad de una elaboración de teorías posteriores que maticen el mensaje original para adecuarlo a las necesidades de expansión del mundo árabe; así, la expansión de los califas ortodoxos primero y de los Omeyas después están perfectamente en consonancia con las predicaciones de Mahoma, orales en un primer momento y recogidas por escrito veinte años después.
Si bien el texto pertenece a un libro religioso, es necesario destacar que el Corán no se limita a establecer preceptos morales o éticos, sino que su influencia se deja notar en ámbitos tan diversos como la organización política, consejos de higiene, los usos y costumbres, … abarcando la totalidad de la vida del individuo, por lo que no es de extrañar que establezca un conjunto de normas sobre la guerra.
Las palabras de Urbano II exhortando a los caballeros a la lucha tuvieron el efecto deseado.
El Pontífice – que por aquel entonces gozaba tanto de un poder temporal como espiritual que dominaba a todos los habitantes de la cristiandad latina desde el emperador del Sacro Imperio Romano hasta los campesinos – pretendía recuperar Jerusalén.
Hacía ya siglos que los musulmanes habían arrebatado a los Cristianos los Santos lugares, pero los turcos selyúcidas mostraban una mayor hostilidad hacia los cristianos que sus antecesores árabes, siendo ahora más peligroso y difícil la peregrinación a Tierra Santa
No era este el único motivo del Papa, también se puede deducir que pretendía disminuir la conflictividad interna y, buena muestra de ello son expresiones del tipo “Que vayan pues al combate contra los infieles … los que se dedicaban a las guerras privadas y abusivas en prejuicio de los fieles”.
Si bien Urbano II se dirige a los caballeros y nobles reunidos en Clermont los primeros en llevar a la práctica la Guerra Santa fue un ejército formado en su mayoría por campesinos y pobres encabezados por Pedro el Ermitaño y Gualterio Sin Haber; poco después, y tras la derrota de los primeros, se organiza la Primera Cruzada o Cruzada de los Caballeros encabezada ya por grandes familias y parientes de los reyes.
En el año 1.099 ya existe el “Reino Cruzado de Jerusalén”.
En este contexto aparece la idea del monje soldado; ya en la arenga papal encontramos la expresión “Qué sean en adelante caballeros de Cristo”. Poco después del año 1.100 surge un nuevo tipo de caballeros, organizados como un grupo de monjes que el papa reconocerá en 1113 con el nombre de orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, a estos seguirán otras órdenes como los Templarios, la orden de Malta,… que tenían como cometido proteger a los peregrinos. El equivalente islámico a estos monjes guerreros sería el Rabat (musulmanes dedicados a la guerra y a la vida aséptica)
Ambos textos, escritos en tiempos y lugares diferentes, ponen de manifiesto diversas semejanzas, ya que en ambos se transmite la necesidad de luchar en defensa de la fe – sea esta cristiana o islámica – contra los enemigos de la religión (a los que curiosamente ambos textos se refieren con el nombre de “infieles”) , a cambio de lo cual se obtendrá una recompensa.
Se aprecia también un intento de controlar las guerras (Urbano II exhorta a luchar en buena ley, sin profundizar en las implicaciones de la expresión mientras que el Corán nos transmite de manera pormenorizada las reglas que han de regir la guerra).